Recuerdo un día que estaba en una tienda y escuché a alguien preguntar: “¿Habla español?”. Llevaba apenas dos o tres años viviendo en Estados Unidos y, en esa zona, no era común escuchar mi hermoso idioma. Así que mi oído, entrenado para detectar cada palabra en español, no lo dudó ni un segundo.
Inmediatamente, salí en defensa de mi hermano latinoamericano en aprietos. Recuerdo que “saqué pecho” –literal–, me erguí con toda la seguridad del mundo, para que la empleada supiera que ese pobre individuo no estaba solo.
O como el día en la farmacia, cuando una señora preguntaba si le aplicaba el especial y la cajera no la entendía. Lo mismo: mi oreja captó español y me salió el Espíritu de Abogada. Allí terminó “la doña” con la mitad de las cosas con descuento.
Cuando lo recuerdo, me parece súper cómico porque no era experta en inglés. Incluso ahora, todavía suelto un par de disparates que dejan a los gringos confundidos (y a mi hermano muerto de risa). Mucho más en ese entonces, pero aun así, ahí fui yo, lista para sacar del apuro al que entendía menos que yo.
El poder de actuar sin censura
Te cuento estas historias para ilustrar lo que pasa cuando no nos “censuramos”. Lo que ocurre cuando no nos detenemos a criticarnos, a pensar demasiado o a preguntarnos cómo vamos a lucir o qué van a pensar los demás.
Probablemente la cajera no me entendió mucho a mí tampoco, pero como le hablaba en su idioma, y lo hacía con seguridad, ella terminó convencida.
Lo interesante es que todo esto pasó en automático. No fue que me animé diciéndome: “¡Vamos que tú puedes!”. Nada de eso. Simplemente seguí mi impulso y comencé a traducirles.
No siempre es así. Muchas veces tengo un impulso y me detengo. Me cuestiono, sobreanalizo (desde lo más pequeño hasta lo más grande), dudo…
Ese impulso puede ser:
- Una idea
- El deseo de llamar a alguien
- Dibujar, escribir o cantar
- Visitar a un amigo
- Llamar a un cliente
- Atreverte a hacer una venta
- Hablar de tu idea de negocio
- O dar tu opinión en una reunión de trabajo
¿Qué dices tú de ti?
Si has llegado hasta aquí, quiero que te hagas esta pregunta: ¿Qué dices tú de ti?
Porque la realidad es simple y poderosa: no importa lo que el mundo opine, sino lo que opinas tú.
Todos los que te rodean pueden estar seguros (sin ápice de duda) de que eres capaz de lograr tu sueño, pero si tú no lo crees, ¿qué crees que va a pasar?
No quiero que pienses que te estoy lanzando frases cliché ni un discurso motivacional. La verdad es que si tú no te “ves” capaz, será muy difícil conseguirlo.
Identidad: el factor que lo cambia todo
Michael Phelps no sería el medallista olímpico que conocemos si no hubiera adoptado la identidad de ganador olímpico. Podría haber sido un buen nadador, incluso un campeón, pero sin adoptar esa “identidad” jamás habría conquistado tantos desafíos.
Tal vez has escuchado su historia de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, cuando nadó con las gafas llenas de agua y, aun sin poder ver, ganó el oro. Phelps y su entrenador, Bob Bowman, han enfatizado que entrenaban constantemente la visualización. No solo ensayaban escenarios ideales, también se preparaban para saber qué hacer en situaciones extremas.
Él sabía que podía lograrlo. Él sabía que estaba preparado. Y se convenció de que podría superar cualquier obstáculo.
La respuesta está en ti
Así que la pregunta vuelve y adquiere más seriedad: ¿Qué dices tú de ti?
Sé honesto en tu respuesta. Porque lo que contestes puede convertirse en el punto de cambio de tu vida.
Y lo más hermoso es que, en cualquier momento que elijas, puedes cambiar esa respuesta. Puedes adoptar la identidad que necesitas para llegar a donde quieres.
✨ Hoy es un buen día para empezar.
👉 ¿Qué dices tú de ti? Cuéntame en los comentarios y comparte este artículo con alguien que necesite recordarlo.
OPERACION FELICIDAD Inspiración en bienestar emocional, salud, relaciones, fe y mindfulness para brillar desde dentro.